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Opinión

¿Obviedad es?, ¿perder es?, ¿estar desadaptados es?

Por: Gabriel Jaime Acevedo Valencia.

Por estos días de inconformidad social, de “estallido y caos”, de incertidumbre y miedo. Pero también de una incesante lucha por la esperanza, de tener un país mejor para todos, en donde quepamos todos. En el que la defensa y dignidad de la vida sean valores supremos. Para ello, debemos defender con ahínco la libertad de expresión y la protesta pacífica. Que no es más que el reclamo genuino de nuestros derechos legales y legítimos en cuanto consideramos que éstos han sido menoscabados, que en realidad son parte de la deuda histórica que han tenido la dirigencia política y las élites, frente a unas mayorías marginadas.

Esta crispación popular en esencia, parte de la inconformidad e indignación social, no solo por la clase dirigente política que históricamente nos ha gobernado; que entre otras cosas es lamentable. También, se debe al modelo económico que lo único que ha logrado es aumentar las brechas sociales y la exacerbación de la pobreza extrema, principalmente en las poblaciones y regiones distantes y menos favorecidas del país. Estamos sumergidos en una sociedad donde el silencio dejó de ser respetable y nos condena a la sumisión. La sutileza y la cautela se convierten en tibieza. Lo complejo es un anatema, en donde los intelectuales se convierten en enemigos públicos del aparato de gobierno, cuando en realidad muchos de ellos no encajan en la lógica de lo “político”, la politiquería.

Esta lucha permanente se ha convertido en una verdadera batalla por las libertades colectivas e individuales, una batalla por la paz, por la equidad e igualdad social. Por una educación de calidad e incluyente, por una economía democrática y justa, por la dignificación de los campesinos, junto a la pacificación de sus campos, en defensa del respeto por las comunidades indígenas, por las negritudes, por la mujer, la infancia, la diversidad y demás comunidades que representan nuestro universo cultural.

Estamos luchando contra la homogeneización, la mercantilización de lo humano. Y todo ello, se pudiera solucionar ¿por qué no?; con un nuevo “contrato social”, donde se pueda redefinir el papel del estado y del gobierno junto con sus instituciones, redefinir y llevar a feliz puerto el tema de derechos y deberes de los ciudadanos, un nuevo modelo económico y no precisamente con las banderas del neoliberalismo y del extractivismo plutocrático. Este nuevo consenso social debe partir de la base de la deliberación propia de la ciudadanía (democracia popular) en donde se defina el pago de impuestos (impuestos sobre el patrimonio) y por fin se ponga en marcha la reforma agraria y la democratización de los medios de producción.

Es loable la protesta pacífica, la cual no puede estar por encima de la vida. La protesta debe ser una apología por la vida y no precisamente que nos matemos los unos con los otros. La arenga y consigna es muy útil, pero no nos puede arrebatar el gobierno de las ideas, del consenso y del diálogo. No podemos caer en el juego de los violentos, no podemos caer en el juego del gobierno que es un especialista en apagar incendios con gasolina, no podemos ceder al juego de la autodestrucción y de la segregación social, no podemos seguir arrasando la economía local (pequeña y mediana empresa), pues mucha gente depende de ello. Bienvenida la protesta inteligente, objetiva y organizada. Que se concentra especialmente en incomodar el macrosistema, los que verdaderamente son los dueños del poder político y económico del país.

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Los colombianos estamos “mamados”, de tener que perder en todo y por todo, perder la historia y en la historia, perder nuestras riquezas (colonias saqueadoras), perder nuestro territorio y la vida en una patria más que boba, perder por la paz, perder por la apertura económica (“Bienvenidos al futuro”), perder el examen ante las autoridades en derechos humanos, en la puja por la vacuna, irse a menos cuando somos uno de los países más desiguales y corruptos del mundo, perder en el juego de manipulación de los políticos en un modelo extractivista y excluyente. Estamos cansados que nos traten como tercermundistas, los últimos mundistas, paupérrimos subdesarrollados.

Uno de los clichés de moda en los principales diarios oficialistas del país, a la hora de hablar de las personas que lideran la protesta social, que en su mayoría son jóvenes (primera línea), poniéndoles el calificativo de “desadaptados”, haciendo alusión a las medidas que buscan llamar la atención y generar incomodidad al sistema dominante.

¿Desadaptados?, esta sociedad está infestada de jóvenes desadaptados, adultos desadaptados, profesores desadaptados, campesinos y líderes desadaptados, por una minga que históricamente ha sido el símbolo de la desadaptación, martirización y esclavización, por un mundo que ellos no buscaron y no pidieron. Esta expresión no puede ser o definirse como un insulto o expresión de tinte peyorativo, debe ser lo contrario; por supuesto ¿a qué se supone que debemos adaptarnos?, nos debemos adaptar al suplicio, a la manipulación, a los abusos, a la muerte, al statu quo del extractivismo, a una oligarquía recalcitrante y retardataria. A una politiquería fascista y corrupta, debemos adaptarnos a que nos callen, a que nos adoctrinen por una retórica oficialista, religiosa y mercantilista, creo que no: “obviedad es, perder es, estar desadaptados es”

“Una voz de aliento a los “desadaptados” de la primera línea”.

La opinión del autor de este espacio no compromete la línea editorial de elnordeste.com

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