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Opinión

De Damas y Lavanderas

Por: Juan David Acevedo Marín.

Un canalón profundo y oscuro que servía para justificar las historias de los mitos y leyendas, un camino vestido de hojas crocantes y de guayabas, a la derecha el sendero lleno de hierba que mojaba las botas y al levantar la mirada un tanque de aguas lluvias tan viejo como la vereda, en la antesala un portillo que chilla junto a los perros al fondo (“Peligro” y “La Negra”), el cañaduzal y la pelusa en la ladera, un limonar saraviado y “tuquio” que te saludaba en la entrada y hacía de gallinero, un pino que lloraba resina y cuidaba un nido de “petirrojos”, una pesebrera para las bestias que acumulaba excremento, una canoa para picar caña desgastada como la rula de 8 remaches.

Una casa vieja en la cima de un filo, una chambrana de macana que se balanceaba con los niños, la tapia se descascaraba a pedazos, la cal se hacía ripio, el cielo era cañabrava y sostenía unos garabatos para la carne salada, monturas y sombreros que otrora eran blancos, una pila de maderos atravesados por el hacha del abuelo, un viejo que peleaba contra un caballo amarillo y reciclaba herraduras para las patas traseras, el zinc tan bipolar que te atormentaba en los veranos y te arrullaba en los inviernos, una guadua atravesada de par en par que sostenía el río con el cauce del cielo, las camas eran pesadas como la culpa, las colchas de retazos, un baúl de galletas sin galletas que guardaba las “afotos”.

A las seis de la tarde se encendían las linternas, las velas y los “cucullos”, se calentaba el agua para lavar los pies de los trabajadores que agotados por un jornal no querían más que un plato metálico esmaltado relleno de “frisoles”, ya fueran con “rompe”, con pezuña o con garra, eran un manjar tan paisa pero no sabíamos que éramos paisas adornado con arepas redondas que hervían por dentro, no habíamos salido de la montaña, los nubarrones eran los amos,  una grabadora Silver que al principio creíamos que tenía los músicos por dentro para escuchar radio “Sutasenza”, no había mesa, era una banca bajita donde nos sentábamos a comer con la boca abierta y a reírnos y a ver la bruma caer y levantarse, las manos dentro de la ruana y el frío dentro de las manos que sostenían la camándula que rezaba por las noches.

Al día siguiente un ternero que bramaba y un gallo ensayando desde muy temprano, ordeñar, ir por leña, prender fuego, un desayuno que parecía un almuerzo, “calentao” de “frisoles” con huevo revuelto, la cebolla en rama y gruesa para orlar una “tela con sal y manteca”.

El protocolo era una fiesta para ir a la quebrada, unos con botas y otros descalzos, trapos de cambio, jabones, mi madre y las tías hacían malabares con unas poncheras tan grandes que desbordaban de ropa sucia y roída,  adelante un grupo de hermanos, hermanas, primos y primas, recogiendo moras y peleando por mortiños, unos con tarros, otros con galones, otros con ollas, una vara larga para traer agua limpia del pozo (casi siempre lo arruinábamos), abajo en la quebrada perseguir alevines y pescar renacuajos, que luego soltábamos cuando se revelaba el secreto de eran sapos, no entendíamos pero los soltábamos.

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Y las mujeres que en la ciudad se llamaban damas y se sentaban en las cafeterías o se encontraban los parques para hablar de ¿Cómo criar los hijos?, de cortes de telas, de cómo terminar el bachillerato, de los ahorros y los regalos para la familia en fin de año, de sembrar una era en el patio o de salvar la dignidad frente al marido, en la quebrada se reunían para contar sin parar, para mirarse de reojo de vez en cuando que se revelaban secretos que bien sabía guardar el ruido del agua cayendo, a golpe de ropa en la piedra iban  y venían las historias, las verdades, las mentiras, las afinidades libertarias, las voces audaces de las lavanderas se escuchaban sin tapujos, se planeaban viajes para la ciudad y se soñaban ser matronas en una casona cerca del parque del pueblo, o libres del yugo impar, se lloraba en compañía de las otras o se burlaban entre dientes de lo que ignoraba el mundo patriarcal, se escuchaban los madrazos que se acallaban luego de lavar no solo esos trapos…        

Regla general del lavadero no ensuciar el agua quebrada arriba, pero que íbamos a saber de reglas, habíamos chapuceado vestidos y empelotas, tragado agua, tirado al perro, mojado al gato, era un caos, era la vida y hoy son memorias.

A las mujeres que han sabido tejer y lavar su historia de las quebradas a marte, especialmente a la Marines…

La opinión del autor de este espacio no compromete la línea editorial de elnordeste.com

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