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Opinión

Cometas en el cielo

“Uno de ellos cruza la frontera y el otro se queda en un país alejado de la guerra, pero dominado por un régimen autoritario. Sólo y privado de una parte de sí mismo, Lucas, el que permanece, quiere consagrarse a hacer el bien. Cuando Claus vuelve junto a su hermano descubre que cualquier acto de generosidad viene condicionado por la maldad”
Agota Kristof.

Por: Juan David Acevedo Marín.

En el pueblo, subir la torre, entrar corriendo a la casa, beber un vaso de agua y emprender escapada para capturar a los “malos” en el juego de policías y ladrones, tirarse del cuarto escalón toda una hazaña, jugar a los carritos (de cuatro, de tres, de dos llantas que importa) en una calle polvorienta que desde hace 20 años cada gobierno de turno está pavimentando, taparse los ojos con las manos cual antiojeras de equino y contar hasta 50 para descubrirlos en su “escondidijo”, jugar a las cristales, al arroyuelo, al que tenga más pulso, y en época de mundiales o de olímpicos voltear láminas con la palma de las manos, pelearse con tu mejor amigo y a los 5 minutos estar comiendo tierra juntos, los paseos al rio y las comitivas con plátano maduro y papas crudas que nos comíamos, un caballo de palo y uno de paso fino, hacer los mandados para quedarse los vueltos, robar leche en polvo con azúcar, jugar al helicóptero en un palo de limones.

Los días de escuela íbamos muy peinaditos, con los zapatos lustrados y la correa apretada, la coca de arroz con huevo y el tarro rebosante de chocolate que se tapaba con un pedazo de bolsa para que no se regara (nuestras madres podrían trabajar en la NASA, siempre tan ingeniosas), una bolsa con mandarinas para la profesora, que algunas veces llegaba incompleta, esa mujer que nos enseñaba a escribir letra pegada y a no hacerle orejas a los cuadernos. El recreo era otra vida, correr hasta el hartazgo, jugar tumbis y “arrancayuca”, una naranja por pelota, jugar “gafiado” y huir en estampida.

De camino a casa con la camisa roja y blanca que empezaba a pasar por todos los tonos amarillos, unos bolis caseros de kumis o de anilina, con el pelo destrozado (algunos con trenzas de chicle) y los zapatos rucios, el pantalón carcomido en las botas, con el cierre a media luz y la orina en un lado (sí, éramos unos meones).

En el campo, un pedazo de cartón y un filo eran la adrenalina máxima, encerrar los terneros, esperar los amigos en un canalón para asustarlos o pasar corriendo porque era tan profundo y oscuro que se podían guardar todos tus miedos en esas barrancas, la pelusa de la caña en las manos y el jugo en la boca y como me asfixiaba los vecinos salían de caza por un gurre que desangraban para curar todos mis males, fuimos muchos hijos e hijas, tantos como los niños y niñas de la luna, las estrellas, las gallinas daban la orden de ir a la cama y los gallos de dejarla, ir a prestar unos huevos donde doña María, salir a estudiar con un cuadernito café de hojas amarillas y un lápiz que cuidábamos como a un crio, recogíamos flores para adornar el cabello de la maestra que nos enseñaba el himno, los colores de la bandera tan roja por estos días, la letra de una canción que rezaba:

“Salud adorada bandera que un día, batiendo tus pliegues allá en Boyacá, sellaste por siempre la lucha bravía, de un pueblo que ansiaba tener libertad”

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A sumar con naranjas, con racimos, con granitos de café, a restar con las manos.

Cada mes esperábamos con ansias a los papás que venían del pueblo con bizcochos, marialuisas, rollos rojos, y unas gaseosas carta roja, unos confites aguardienteros, algunos días la sorpresa eran los supercocos y esperar los diciembres a las tías que venían de la ciudad o del pueblo con unas chanclitas de caucho y al niño Jesús para que nos trajera un corte de tela.

No había play, ni free fire, éramos inseparables, incansables, inmamables, todos unos “sirirís” a los que nos daba por llamar a la mamá por todo y para todo, (ya le dio la mamadera decía mi madre o tiene gadejo decía mi padre).

Fuera en el campo, en el pueblo o en la ciudad, éramos niños, niñas, riendo y llorando, con el viento en la cara, la brisa besando los pómulos, algunas veces castigados por los padres con una certeza justa o injusta los problemas los solucionaba “Joaquín Moreno, quita lo malo y pone lo bueno” pero formando hombres, mujeres y varios dignos de esta Nación.

Para que nuestros hijos, nuestras hijas, nuestros niños y niñas, tengan y disfruten de una vida y una niñez tan hermosa y plagada de buenos recuerdos, de cometas en el cielo.

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Los niños y niñas no se tocan. No se violan. No se matan.

En honor a la vida inerme de Kevin Arley Giraldo Montoya.

La opinión del autor de este espacio no compromete la línea editorial de elnordeste.com

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