¿Y si nos pintamos dentro paisaje?
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¿Y si nos pintamos dentro paisaje?

Debido a la actual crisis ambiental, nos vemos en la tarea de redefinir uno nuevo “contrato social” que en palabras más trascendentales sería un “contrato ecológico”, en donde se respete la dignidad de los demás seres vivos.

Por: Gabriel Jaime Acevedo Valencia.

Desde chicos crecimos con la creencia de que éramos seres especiales. Los únicos seres dominadores con derechos divinos: “Dios creó al mundo al beneficio del ser humano”. Y el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios y está por encima de los demás seres. Esto nos hace ser amos y señores de lo que nos rodea, incluso de cada especie animal no humana. Existen solo con el único propósito, de complacer las necesidades y caprichos de los animales humanos.

Esta jerarquía explícita, del humano por encima de todas las criaturas, esa cosmovisión nos llevó a tratar a los demás seres vivos, incluido nuestro prójimo, como simples objetos en una total sumisión ante nuestro albedrío caprichoso y necio. Creencia de larga data, que, para decir poco, en épocas del colonialismo en la América española, humanistas (como Gines de Sepúlveda) alcanzaron la conclusión de que los salvajes (nativos) eran “gentes fieras”, subhumanos, en donde el gran interrogante a responder fuese, ¿tienen alma los indios? Una trama para justificar la forma de invadir, colonizar, esclavizar y ejecutar la población indígena “nuestra misma especie”, “animales no humanos”.

Misma creencia, que nos da licencia, la justificación moral y ética de sentirnos con el derecho de modificar de forma caprichosa nuestro entorno, de seguir destruyendo los bosques y la diversidad biológica, secando los ríos, contaminado el aire, desertificando los suelos, de seguir tratando los animales no humanos como moneda de cambio, o en su defecto, a ser depredados bajo métodos degradantes e indignos. René Descartes (1596-1650), consideró que los animales eran “máquinas” apropiables por el ser humano en tanto carecían de alma. Luego Isaac Newton (1642-1727), estableció la diferencia científica entre el hombre que observa y la naturaleza que es observada. Subestimando y menoscabando la dignidad intrínseca de las demás especies. Toda una visión antropocéntrica que siempre nos puso por fuera del paisaje.

Todo cambia cuando en 1850, Charles Darwin (y Alfred Wallace), escribió un libro controversial e influyente, y para muchos un baldado que agua fría, “El origen de las especies” donde el animal humano era el principal implicado, el cual, resultó que tenía una total conexión genética (ADN) con los demás seres de la naturaleza. Siendo el más cercano el chimpancé (97%), pero resulta que también muy parecidos a un ratón (88%), a un perro (84%), a los ornitorrincos (69%) e incluso a los pollos (65%).

Lo anterior nos hace que tengamos que hacer una pausa en el camino. Replantear cuál debe ser nuestro verdadero papel en este hábitat. En palabras de Darwin, “Somos parte de la misma historia, creados del mismo algoritmo”. Mensajeros intergeneracionales. Y nuestra creencia de la vida eterna no nos da licencia para seguir parasitando y destruyendo todo los que nos rodea, así fuese nuestro prójimo, ni mucho menos, creer nos ha servido para prolongar nuestra vida y/o existencia.

Un mensaje esperanzador y revolucionario de la iglesia católica se dio el 24 de mayo del año 2015; la encíclica Laudato si (Alabado seas), titulado: “el cuidado a nuestra casa común” en el cual, la iglesia desde una visión liberal y ecologista renuncia a sus raíces del antropocentrismo, y revive la doctrina eco céntrica de San francisco de Asís. Allí se teje una propuesta; la llamada “ecología integral” que implicaría una reevaluación de la manera como el ser humano se concibe a sí mismo y a cómo actúa frente a su entorno y frente a la naturaleza. ​

Es por lo anterior y debido a la actual crisis ambiental, nos vemos en la tarea de redefinir uno nuevo “contrato social” que en palabras más trascendentales sería un “contrato ecológico”, en donde se respete la dignidad de los demás seres vivos y nos veamos abocados a tener una mejor relación con el entorno, eliminando las jerarquías espurias entre el ser humano (animal humano) y las demás especies. Poniéndonos en un mismo plano, al que pertenecemos: “reino animal” “sentirnos más animal, menos divinos y extraterrestres” “menos amos y señores”, siendo una especie más, vernos dentro y en el paisaje, sometidos a las mismas leyes universales de la naturaleza (como siempre ha sido), ya que a pesar de que estamos en el siglo XXI, muchos todavía no se pintan en él.

La opinión del autor de este espacio no compromete la línea editorial de elnordeste.com

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